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Schola Latina Universalis |
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Letras
LITTERÆ
es necesario tener las siguientes fuentes instaladas en el sistema: Zapfino. Es posible que esta fuente pueda bajarse gratuitamente de Internet. El alfabeto utilizado por los romanos de época clásica constaba de las siguientes letras: A B C D E F G H I K L M N O P Q R S T V X Y Z Es básicamente el mismo alfabeto que usan todavía hoy la mayoría de lenguas occidentales, aunque los antiguos romanos no aprovecharon por completo la diferencia posteriormente establecida entre I y J o entre V y U, ni usaban otras variantes como Ç, Ñ o W. Los romanos de época clásica tenían varios estilos a la hora de escribir las letras de más arriba, dependiendo en gran medida de los materiales utilizados para escribir. Estos estilos pueden agruparse en dos claramente diferenciados. Hay uno formal, que ahora llamamos letra capitális, que se usaba en monumentos, documentos legales, anuncios públicos, libros para la venta, joyería, y, en general, siempre que el texto estaba concebido para perdurar y podía incluso tener algún tipo de valor ornamental. Lo podemos ver más abajo utilizado en piedra, bronce, paredes enlucidas, papiro o, más tarde, pergamino, y en muchas otras superficies y objetos.
Había un segundo estilo, el informal, que ahora llamamos letra cursíva, que se usaba para transacciones cotidianas sin valor ornamental. Éste es menos conocido de la mayoría de la gente, a causa de la naturaleza precaria de los materiales sobre los que se usaba y el menor valor artístico de los objetos en que lo encontramos; pero era, de hecho, el principal estilo que la mayoría de los romanos habría usado en su vida práctica. Lo podemos ver más abajo en tablillas enceradas o de madera, graffitis parietales o hueso, y se usaba en muchas superficies similares.
Con el tiempo se desarrolló un tercer estilo de letra, la unciális, que es simplemente una versión más pequeña de la capitális con influencias relativamente fuertes de la cursíva.
Las formas del estilo de letra capitális son prácticamente idénticas a las de nuestras actuales mayúsculas, mientras que la cursíva puede haber influido en la evolución de la anterior hacia la unciális, una versión más pequeña que es a su vez la predecesora de nuestras minúsculas; pero es importante comprender que, en tiempos romanos, la diferencia entre la capitális y la cursíva, o incluso la posterior unciális, no era en absoluto comparable a la diferencia que ahora establecemos entre mayúsculas y minúsculas cuando usamos las primeras al principio de algunas palabras, o para títulos, en textos por lo demás escritos en minúscula. ABCDEFGHIJKLMNOPQRSTUVWXYZ Eran simplemente distintos estilos de escribir un mismo alfabeto de caracteres únicos, y eran equivalentes más bien a las diferencias que introducimos, por ejemplo, dependiendo de si escribimos a máquina o a mano. Por supuesto, no se habrían mezclado en un mismo trozo de texto, de la misma manera que nosotros no escribiríamos unas letras a máquina y otras a mano en un mismo escrito, por no hablar de una misma palabra. ABCDEFGHIKLMNOPQRSTVXYZ Exactamente igual que los árabes o los japoneses, por lo tanto, a pesar de una cierta variedad de estilos de escritura, los romanos tampoco tenían el equivalente de nuestra alternancia significativa entre mayúsculas y minúsculas dentro de un mismo trozo de texto en ninguno de ellos, ni escribían de forma diferente la primera letra de una frase o nombre propio y el resto. Ligaduras Los romanos, con el fin de ahorrar espacio, dado el alto costo de la mayoría de los materiales en que escribían, usaban las llamadas ligátúræ, es decir agrupaciones de letras escritas juntas mediante el uso compartido de un trazo común. Había muchas de ellas: AE podía encontrarse como Æ, y, de manera similar, AN, TR, VM y muchas otras podían aparecer fundidas en grupos de dos, tres o incluso más letras.
Diacríticos Los romanos sólo tenían dos diacríticos, y no utilizaban ninguno de los dos con ninguna regularidad. Punto Los romanos escribían a menudo sin separar siquiera las palabras con espacios, como hemos visto más arriba en varios casos. Además, lo que está claro es que nunca distinguían oraciones o frases usando la coma, el punto y coma, los dos puntos o el punto, ni conocían tampoco el signo de interrogación o de exclamación, los paréntesis, las comillas o ningún otro de los diacríticos a que estamos acostumbrados. De hecho, el único signo que usaban, y sólo en los escritos más elegantes, como los monumentales, era un punto que utilizaban no como punto final, sino para separar las palabras unas de otras. También hemos visto esto en las inscripciones de más arriba. Este punto podía a veces asumir formas más sofisticadas, como una hoja de parra, por ejemplo, como se ve más abajo.
Ápice Los romanos del periodo más sofisticado de la cultura clásica utilizaban, tanto en la escritura monumental como en textos más domésticos, un signo llamado apex, idéntico a lo que hoy en día conocemos como acento agudo (´). Este signo, sin embargo, no se utilizaba para indicar el acento de la palabra, como en un reducido número de modernos vernáculos, sino para marcar las vocales largas (ver el archivo sobre pronunciación), como se hace todavía hoy en lenguas como el islandés, húngaro, checo y muchas otras.
La ortografía latina en la actualidad Es evidente que los usos gráficos de los romanos de época clásica eran bastante primitivos en comparación con los de nuestros días. Hay gente que cree por esa razón que nuestros hábitos de escritura son vernáculos, y por lo tanto, de alguna manera, espurios y artificialmente impuestos al latín a posteriori. Olvidan que la mayoría de nuestros usos ortográficos son evolución natural de prácticas romanas y fueron orgánicamente desarrollados a través de la historia por personas que hablaban y escribían en latín, con el objeto de alcanzar mayor claridad y distinción al leer y escribir el propio latín, no las lenguas vernáculas; y esos usos pasaron del latín a los vernáculos, y no alrevés. La ligera diferencia de forma, no significativa previamente, entre una I más corta o más alargada (i/j) o una V más o menos puntiaguda (v/u), todas las cuales existían ya en tiempos clásicos como meras variantes gráficas, como cualquiera puede observar en las ilustraciones de más arriba, se formalizó en tiempos posteriores para beneficio de la pronunciación, puesto que se encontró que era útil con el fin de distinguir debidamente vocales de consonantes; mientras que otras variantes a las que no se podía asignar valor fonético fueron o bien mantenidas por motivos meramente estéticos o bien finalmente eliminadas. Algunas ligaturas, como æ u œ fueron igualmente preservadas para ayudar a identificar los diptongos, mientras que muchas otras se abandonaron. La separación de palabras mediante espacios resultó un expediente tan útil que pocos contemporáneos serían capaces de leer sin él; y la rica variedad de signos de puntuación introducida también en periodos posteriores de la historia del latín facilitó la lectura con las pausas necesarias, y nos permitió distinguir las partes componentes de las oraciones, o determinar más allá de toda duda si nos encontramos ante un enunciado, una exclamación o una pregunta. Finalmente, la distinción entre mayúsculas y minúsculas conllevó no sólo una cierta elegancia, sino también algo de claridad adicional a la gramática (realzando los nombres) y a la estructura del discurso (marcando el principio de las oraciones). De la manera más desafortunada, sin embargo, y por las razones menos sensatas, ha surgido una moda de fundamentalismo ortográfico que, abandonando una más que razonable tradición de siglos de escritura latina, pretende volver a los usos gráficos de los antiguos romanos. Esto es tan absurdo como querer renunciar al uso del papel o al libro moderno, y alegar que algo no es latín clásico a no ser que esté escrito en rollos de papiro. Debería resultar evidente a cualquiera que podemos ser completamente respetuosos de la cultura antigua y cultivar la más pura forma de latinidad clásica a la vez que seguimos usando métodos de escritura más desarrollados que los que nuestros ancestros tenían a su disposición y que son además resultado de siglos de tradición latina. Por supuesto, dado que los fundamentalistas rara vez se guían por la razón, la vuelta a los usos antiguos no sigue ningún criterio más allá de su propio capricho arbitrario, y a veces son puristas y otras no, según les apetece. Así, algunos se han propuesto eliminar la diferencia entre i y j como no romana, pero se sienten la mar de satisfechos, contra toda lógica, de mantenerla entre v y u. Otros consideran que el uso de las mayúsculas debería eliminarse, y usan minúsculas al principio de las oraciones, pero luego siguen arbitrariamente usando las mayúsculas en los nombres propios e incluso en adjetivos. Por supuesto, ninguno de esos puristas se ha atrevido a admitir el hecho de que una vuelta al uso antiguo requeriría escribir en mayúsculas en vez de en minúsculas, y que tendrían de hecho que dejar de usar ningún tipo de puntuación. El aspecto más triste del moderno caos ortográfico es que no tiene nada que ver con el latín. La verdad del caso es que tiene su origen en reformas ortográficas que parecían tener perfecto sentido en un vernáculo como el italiano, pero que algunas personas sintieron la necesidad de imponer por la fuerza también al latín, con deplorables consecuencias. Mientras que la mayoría de lenguas europeas, incluido el latín, se sentían cómodas con el uso secular de i y j, y v y u, puesto que todas esas letras representaban sonidos claramente diferentes o aparecían en contextos silábicos claramente diferenciados, en italiano el uso de i y j se había hecho tan complicado a causa de prácticas arbitrarias, en conflicto entre sí y sin demasiada relación con ninguna realidad fonética, que la gente tenía verdaderas dificultades para determinar cuándo una palabra tenía que escribirse con i y cuándo con j. Dado que el italiano es una lengua con principios ortográficos muy sencillos en el resto de los casos, se tomó por tanto la decisión de abandonar el uso de la j. Ahora bien, esta medida absolutamente sensata en el caso del italiano se aplicó innecesariamente también al latín por gente que estaba convencida de que el latín tenía que pronunciarse como el italiano moderno, y que debería por tanto escribirse también como el italiano moderno. Evidentemente, nunca podrían haber convencido a la comunidad internacional de usuarios del latín con semejante razonamiento, así que empezaron a idear falaces justificaciones: que el sonido de la vocal y de la semivocal eran suficientemente similares, que acercaba la ortografía latina a los usos antiguos, etc. Por supuesto, nunca mencionaron que cada una de esas razones se aplica con exactamente la misma fuerza al par vocal/semivocal latino u/v, que los italianos no tenían ninguna intención de simplificar porque en italiano tenía sentido continuar usando ambas letras. Conforme la comunidad internacional empezó a abandonar el uso de la j en una carrera hacia la antigua pureza, fue quedando cada vez más claro para todos los que no habían renunciado a la capacidad humana de razonar, que no tenía ningún sentido en absoluto en latín abandonar la j sin eliminar también la v; así que, habiendo asimilado genuinamente las falaces excusas de los italianos para acercar la ortografía latina a la de tiempos romanos, los mejores filólogos del mundo sintieron la absoluta necesidad de renunciar también a la v. Tenemos así un sistema tradicional i/j/u/v, que ha sido insensatamente socavado y convertido en tan sólo i/u/v de acuerdo con las reformas ortográficas de algún vernáculo, pero en un paso que ha traído consigo la inevitable pero no menos desafortunada consecuencia (ciertamente inesperada por quienes promovían el uso de i/u/v) de un feo sistema i/u como el único resultado razonablemente aceptable. No sólo eso; sino que, siguiendo la misma línea perversa de pensamiento, muchos ahora sienten la necesidad de abandonar también el uso de las mayúsculas en los textos latinos. Adónde llevará la ortografía latina este absurdo sinsentido es difícil de prever, pero no podemos sino lamentar que la caprichosa estrechez de miras de una nación con la más arrogante actitud hacia la lengua de nuestra común civilización haya conseguido traer el caos absoluto a una elegante y sensata tradición ortográfica de siglos. Nosotros consideramos que nuestros usos ortográficos se desarrollaron durante milenios de acuerdo con criterios de utilidad y claridad, a los que es tan absurdo como innecesario renunciar. Aunque algunos espíritus ciertamente rudos pudieran considerar el abandono de evoluciones estéticas como la distinción entre mayúsculas y minúsculas, parece absolutamente fuera de lugar eliminar usos que reflejan mejor la pronunciación de la lengua y ayudan a la lectura, como las letras j y v para las semivocales, las ligaduras æ y œ para los diptongos, el uso del ápice para la cantidad vocálica, los espacios entre palabras o los signos de puntuación. Es absolutamente innecesario renunciar a todo este acervo ortográfico, bajo ningún concepto; y propugnamos el completo restablecimiento de nuestra centenaria y sensata tradición ortográfica. Ciertamente se trata de un debate entre la opción tradicional i/j/u/v y la aséptica i/u, puesto que sólo una mente embotada puede realmente encontrar ninguna excusa para el claudicante sistema i/u/v. |
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